lunes, 24 de junio de 2013

Juan Caicedo, del balón a las leyes

La vida del exfutbolista Juan Caicedo ha sido un ir y venir de experiencias curiosas. Pasó del fútbol al Derecho sin pensarlo dos veces.




Por Darwin Ávila Vanegas, reportero Q'hubo, Fanáticos Q'.

La vida de Juan Edgardo Caicedo, reconocido futbolista de la década del setenta, dio un giro de 180 grados. Después de recorrer durante más de diez años los estadios colombianos, a punta de gambetas y goles, en la actualidad se dedica a la abogacía en la Superintendencia de Servicios Públicos en Cali.

  Un verdadero ejemplo de lo lejos que puede llegar un deportista de alto rendimiento si se pone a pensar tan sólo un momento en su futuro, ese que a veces es infortunado para muchos.

Pero, ¿quién es Juan Caicedo? Quizá a las nuevas generaciones les parezca desconocido, pero si se le pregunta a los conocedores del deporte seguramente recordarán sobre éste habilidoso volante nacido en Tumaco, Nariño, que trasegó por equipos como  Medellín, Junior, América, Santa Fe, Pereira, Once Caldas y Tolima.

   Juan, un espigado afrodescendiente de 1.82 m. de alto, amante del ‘encocado’ de pescado, del ambiente familiar y  quien en la actualidad tiene 57 años, se ‘destapó’ con Fanáticos Q’ y contó detalles inéditos de sus experiencias en el fútbol y de su desarrollo personal.

JUGABA DESCALZO EN LA PLAYA

El génesis de la carrera deportiva de Edgardo fue un cúmulo de viscisitudes. Según él, desde que era un niño jugaba en las playas de su natal Tumaco con la ‘muchachada’. Allí, en medio de lo áspero de la arena, demostró  gran dominio con el balón y un espíritu deportivo propio del futbolista profesional.

 Ya en su juventud atendió el llamado del Ejército y desde los 18 años se enfiló en la Guardia Presidencial. Fue una buena época para nuestro protagonista, pues mientras empuñaba las armas del Estado, entrenaba en la Selección Fuerzas Armadas y fue convocado a los Juegos Nacionales de Pereira, en los que tuvo una actuación que le permitió quedarse en Bogotá, pero la añoranza por su tierra, por el mar, lo hizo regresar como buen hijo, donde lo esperaba con ansia su mamá.

Sin embargo, lo que se vendría meses después sería el comienzo de una carrera promisoria. Participó en los Juegos del Litoral Pacífico, en el Chocó, evento donde fue visto por un representante bogotano que lo invitó a hacer parte del Millonarios. “Sin embargo, por cosas del destino,  llegué  al  Medellín, era el año  1977”, relató  Juan, rememorando un pasado lejano.

EL PASE COSTÓ 30 MIL PESOS

El pase que le permitió llegar al fútbol colombiano costó 30 mil pesos, un dinero importante para la época en cuestión. En el equipo de la Capital de la Montaña Juan pulió sus conocimientos, sus características de ‘crack’ y luego fue trasladado al Junior de Barranquilla, donde conoció a Julio Comesaña.

Con el equipo ‘tiburón’ tuvo la oportunidad de jugar  su primera Copa Libertadores  (Uruguay   1978), era el escenario perfecto para mostrarse.

EL PASE AL AMÉRICA DE CALI

En ese mismo año, por medio de la figura del canje, Juan llegó al América de Cali, equipo con el que se destacó, a tal punto de ganar cuatro copas y ser llamado a la Selección Colombia de la época.
“Al principio fue difícil, pues cuando debuté en Ibagué me expulsaron, entonces el ‘médico’ Ochoa me suspendió 6 meses, en ese tiempo pensé en retirarme del fútbol”.

Después, con ahínco, logró recuperar la titular y lo que vino fue una seguidilla de títulos con los ‘diablos rojos’, que desembocaron en el llamado a la Selección Colombia. Con ese grupo logró jugar la Eliminatoria al Mundial de España 1982 y la Copa América en Bolivia.

“Fue una de las mejores experiencias de  mi vida. Una anécdota que recuerdo es que en 1981, en un hotel de Uruguay, Carlos Bilardo salió ebrio a la ventana y, desnudo, gritaba improperios y lanzaba botellas hacia la calle, no sé que le pasó, pero fue una escena muy chistosa”.

Sobre la época dorada del fútbol colombiano Juan es enfático en afirmar que “en ese tiempo el deporte era hermandad, todos íbamos para un mismo lado, tanto el primer campeonato con el América en 1979 como los partidos con la ‘tricolor’ llenaron con creces todo  el esfuerzo de mi vida deportiva. Lo malo  era que no ganábamos plata, el ‘médico’ decía que si cogíamos dinero perdíamos el rumbo, entonces tocaba resignarse”.

Después de ir a Santa Fe, equipo con el que fue campeón y Deportes  Tolima, se dio su retiro en 1988 en medio de la gloria, del reconocimiento y de la tristeza por no poder seguir con su carrera futbolística, todo por la negativa del ‘médico’  Ochoa de vender su pase “dizque por no vender mis habilidades al enemigo”.

UN GIRO DE 180 GRADOS

Luego de sus títulos y condecoraciones, a Juan se le metió a la cabeza la idea de ser técnico de fútbol, por eso viajó a Brasil  a una academia, donde logró su objetivo.

De nuevo en Cali, trató de ingresar al América como coordinador deportivo, pero no fue posible, “tocó montar escuelas de fútbol y sobrevivir, luego se iluminó mi camino, todo por el fútbol”.

Eran tiempos complicados, sin embargo, la berraquera de Juan fue más fuerte que su tristeza y tocó puertas. Una de ellas se le abrió en la Universidad Santiago de Cali por medio del maestro Eduardo Pastrana, que le planteó la idea de estudiar una carrera.

“Yo quería estudiar algo de deportes, pero él me aconsejó que hiciera la carrera de Derecho y acepté. Me gradué en 2008 a los 50 años”.

Su vida había cambiado, pasó de las gambetas a las leyes y empezó a litigar hasta llegar a conformar el grupo de abogados de la Superintendencia de Servicios Públicos en Cali, donde desarrolla un excelente papel. “Hago derecho civil, laboral y algo de administrativo. Es más fácil jugar que litigar, pues los procesos son muy demorados, pero es mi trabajo y amo lo que hago”, comentó el jugador.

Mientras tanto sigue adelante en la vida, luchando con su familia, que consta de su compañera sentimental y cinco hijos que tuvo a lo largo de su vida. Aún vive del reconocimiento que le brinda la gente en la calle, de los 50 goles que marcó en su carrera profesional, de la ilusión de que el equipo de sus amores, el América, vuelva a la máxima categoría y de la energía que le brinda jugar con las viejas glorias del fútbol en los torneos de veteranos.

“El futuro es incierto, pero hay que seguir trabajando, porque la vida se acaba cuando uno se muere”, finalizó.

lunes, 20 de mayo de 2013

XAMUNDÍ, ¡UN CACIQUE DE LEYENDA!



La tradición oral de Jamundí cuenta la historia de un cacique que, a la llegada de los españoles, resistió la invasión y escondió un gran tesoro. Crónica de una leyenda.



Por Darwin Ávila, reportero de Q’hubo
Jamundí es ahora una ciudad de cholados, de motorratones, buses intermunicipales, balnearios, restaurantes y gente amable. Y allí, todo gira alrededor de la efigie de un imponente indígena empotrada en el parque Bajo Palacé, la que muchos han visto, pero a la que pocos le han dado la importancia que se merece. Xamundí (Xamungoy) es el nombre de ese personaje, que pareciere sacado de la película Apocalipto (dirigida por Mel Gibson 2006), pero que en la práctica fue el que forjó el génesis del municipio, ubicado en la margen izquierda del río Cauca.

De las letras que conforman el nombre del cacique, se desprende el vocablo con el que actualmente se denomina al municipio.


Una aventura para conocer al cacique de los jamundeños
La huella indígena impresa por Xamundí aún se puede palpar en los suelos de este territorio, rico en historias y leyendas de esos indígenas que resistieron la conquista española en el siglo XV.

Para verla, solamente hay que desplazarse hasta ese suelo promisorio. Por eso, adportas del año 2013, un jueves, inicié junto a un equipo periodístico la travesía que me llevaría a conocer de cerca a Xamundí, pero no a la estatua de cobre y bronce a la que desadaptados le robaron la lanza en el 2011, sino el verdadero guerrero que vivió por allá en el año de 1.400.

Según la tradición oral indígena de los resguardos y comunidades que tenían poder en el suroccidente colombiano, Xamundí era un cacique guerrero que vivió y murió por su pueblo, por sus costumbres y sus leyes.

Era hosco en apariencia, bajo en estatura y con una cabellera larga y brillante. Era corpulento. Entre su ajuar predominaban pectorales, narigueras y pulseras de oro macizo. Su indumentaria bélica la conformaba una lanza de madera con punta de piedra, una macana (martillo prehistórico), flecha y arpón, el cual usaba para pescar en el río Cauca o Gran Cauca.

Se presentaba ante sus súbditos como un líder innato. De ahí, que aún se le recuerde como un ‘estratega’ de su época, pues conformó una comunidad pujante, a la que apenas se le ha empezado a reconocer su verdadera importancia.

Ellos, los xamundíes, un pueblo de alrededor de 5.000 habitantes que hablaban chibcha, dedicado a la agricultura y la pesca, se asentaron en la parte baja de la Cordillera Occidental y su epicentro espacial de vivienda es lo que hoy se conoce como Hacienda Sachamate.

Eran años de gloria y pleno esplendor para esos nativos, que tenían como precepto lo espiritual. Quizá ese grado de adoración a sus dioses, es lo que nos hizo conocerlos.


‘El valle De las piedras’, un lugar para los sacrificios
En la tierra del cholado ‘mataguayabo’, situada a 9 kilómetros de Cali, encontré a un hombre conocedor del territorio, de sus aguas, de sus cielos. Se trata de Jairo Hernán Daza, que para entonces acababa de ser nombrado secretario de Turismo de la Alcaldía de Jamundí, y quien accedió cordialmente a descubrir junto a nosotros esa palpitante historia, desde su pasión por la naturaleza.

El recorrido inició a las 8:00 de la mañana en medio de un clima gélido.

La primera parada fue en la finca Agua Sucia, parte occidental del municipio, en inmediaciones a Alfaguara. La zona estaba solitaria, se sentía un olor a pasto recién cortado, lo que me hizo rememorar los ambientes campestres de antaño.

Lo que vi allí se asemejaba a un escenario Azteca, Maya o Inca. Un ‘escapulario’ de piedras volcánicas negras, algunas de más de 30 toneladas, puestas en un tapete verde de árboles frutales, maleza e insectos.

Esas grandes rocas, según Jair Daza, son el hallazgo arqueológico más importante del lugar, pues sobre ellas los indígenas dibujaron decenas de figuras que hoy se conocen como petroglifos, palabra que viene del francés petroglyphe que significa tallar sobre piedra.

¿Pero, qué relación tiene Xamundí con este santuario de petroglifos? Según la historiadora jamundeña María Elena Restrepo, el propio cacique fue el gestor de esa expresión artística, que se estima realizó antes de la llegada de los españoles.

Se trata de ranas, soles, lunas, figuras humanas; animales y gráficos de extraños seres, que según el propio Daza, podrían ser el producto de visiones extraterrestres que habrían tenido los indígenas de ese tiempo.

Un ciudadano jamundeño asiduo visitante del ‘Valle de las Piedras’, que prefirió omitir su identidad, me contó un suceso que ratifica el poder sagrado de ese lugar: “la energía que se siente es increíble. Hace algún tiempo llegué acá caída la tarde, solo. Medité un momento, cuando ya me iba a ir, el cielo se iluminó de una manera extraña y sólo atiné a correr, pues relámpagos acechaban el camino. En un abrir y cerrar de ojos apareció un ave gigante dorada, que al instante se perdió en el horizonte. Duré mucho tiempo sin regresar ahí” (Sic).

Cuenta el legado histórico que sobre esas piedras Xamundí y su pueblo adoraban al Dios Sol, en conjunto con el cacique Petecuy, el cual bajaba de la parte alta de la cordillera a reunirse con su pueblo hermano.

También hay registros de los sacrificios humanos (principalmente de personas vírgenes) que allí se hacían por los favores recibidos, como por ejemplo la lluvia para sus sembrados de cítricos, o la subienda en la pesca. La forma de la ofrenda era sacarle el corazón a la ‘víctima’ y que la sangre recorriera los canales rocosos hasta que tocara la tierra. Oficio del shaman (brujo).


Historias de aborígenes
En esa época Xamundí y su comunidad vivían en aldeas con casas redondas de una sola entrada. Mientras las mujeres se dedicaban a la orfebrería y a las tareas del hogar como la preparación de alimentos y el cuidado de los hijos, los hombres se entrenaban en lo militar, en la cacería y en las técnicas de la pesca con arpón.

Pero no era esa una instrucción guerrerista, sino de defensa para escaramuzas tribales que tenían con otros pueblos, como por ejemplo con los Yumbos, los Petecuy, los Gorrones. Sin embargo, fue esa estrategia militar lo que les ayudó a resistir después de que en 1492 se gestara el primer viaje de Cristóbal Colón, y la posterior conquista de los españoles que nació en Palos de la Frontera, España.




Un santuario desde donde vieron llegar a los españoles
A 30 minutos del parque Bajo Palacé de Jamundí se encuentra una finca denominada ‘La Ferreira’, desde donde se divisa a los lejos un morro y, en él, quirúrgicamente puestas, gigantes piedras que según los moradores se constituían en el sitio desde donde el cacique Xamundí llevaba a cabo sus rituales y veía todo su extenso territorio.

Hasta allí llegué, eran las doce meridiano. Caminé una hora para arribar al recinto sagrado, no sin antes sufrir una aparatosa caída que me significó una grave lesión en la rodilla; fue como si el cacique se quisiera manifestar por la intromisión en su paraje secreto.

En la parte alta se halla una cueva que parece haber sido construida, pero no, dicen que es obra de la naturaleza. Hasta ese sitio iba Xamundí cada mes para encontrarse con sus antepasados. Cuando se llega a la entrada el clima cambia, así como la forma de pensar, es como un trance espiritual.

La historiadora María Elena Restrepo, que se ha dedicado a estudiar la cultura indígena en esa parte del Valle del Cauca, desde hace más de 25 años, cuenta que desde un peñasco de esa mole de tierra y piedra el cacique Xamundí vio llegar a los españoles Juan de Ampudia y Miguel Muñoz, que serpenteaban la orilla del Gran Cauca, desde Popayán, con sus soldados.

“Lo que vio Xamundí fue el resplandor de las armas y los escudos del ejército conquistador que venía desde el sur, tras la leyenda de ‘El Dorado’. Todo desde la altura de la montaña y en la parte de Sachamate. Allí, se dio cuenta que algo diferente ocurría, fuera de lo común, el comienzo de una batalla que terminaría con su familia y su gente”, expresó María con decoro.

Después de esa escena histórica lo que se forjó fue una guerra desigual en la que el cacique y su pueblo se convirtieron en guerreros para defender su terruño.

LA BATALLA CONTRA LOS ESPAÑOLES Y EL INICIO DE LA LEYENDA

Después de la llegada de los españoles, comandadados por Sebastián de Belalcázar y éste, a su vez, por Francisco Pizarro, lo que se vivió en esta tierra es un relato de miedo, muerte y tristeza.

Xamundí, al igual que los caciques de todo el territorio de lo que hoy se conoce como Colombia, trataron de resistir a la barbarie y al exterminio que vino acompañado de enfermedades como viruela, sarampión y sífilis.

Narraciones históricas como las mostradas en fragmentos de la página web www.valleonline.org, describen la catástrofe demográfica de la época, tras la llegada de los ‘visitantes’.

“Se calcula un número total de habitantes entre 5 y 3 millones antes de la llegada de los españoles. En el caso específico del Valle del Río Cauca, y fundamentándose en las visitas de los funcionarios reales, se habla de una reducción de la población que entre 1559 y 1582 fue de 60%”, se publica en la página.

Esa guerra fue librada en la zona por Xamundí. Los instrumentos para la supervivencia como arcos y flechas se convirtieron en armas para repeler los vejámenes contra su pueblo. Fue la oportunidad para que se uniera con Petecuy para batallar contra los invasores, en una guerra que poco a poco fue diezmando a su pueblo, hasta que los últimos habitantes, convertidos en esclavos, ayudaron a la ‘fundación’ de la Villa de Ampudia en 1536, que luego pasó a llamarse Rosario, Rioclaro y actualmente Jamundí.

Cuenta la leyenda que Xamundí se replegó hacia la parte alta de la cordillera, donde al parecer resistió durante algunos años. En medio de esos choques bélicos embalsamaba a sus muertos, los llenaba de ceniza y los colgaba en los árboles con los órganos desparramados, lo que resultaba repugnante para los españoles, que nunca habían visto algo tan espantoso.

Dicen que escondió su tesoro. Una gran cantidad de oro y piedras preciosas con las que se podría llenar una habitación completa y que Juan de Ampudia nunca pudo hallar, siendo ésta su única desgracia antes de morir en el año de 1541 en Popayán. Por eso se cree que allí nació la leyenda del tesoro del cacique Xamundí.

Sobre la resistencia hay datos históricos que revelan que algunos se escondieron en Villa Colombia, La Liberia y San Antonio. Quizá por eso existen actualmente asentamientos indígenas en esa zona, como en El Cedro, más arriba en la montaña.

Historia reciente manifiesta que el cacique no murió a manos de los españoles. Se cree que falleció de alguna enfermedad o por las inclemencias de la conquista. Lo que queda claro es que sigue vigilando su territorio y cuidando de su tesoro, que aún es buscado por guaqueros de la extensa zona en cuestión.





“UNA HISTORIA APASIONANTE”


Jamundí. María Elena Restrepo, de 53 años, es una historiadora que ha revelado la historia del cacique.
Actualmente labora en una tienda de arte en la que se respira la historia indígena de Xamundí, pues en cada rincón hay un vestigio de su comunidad aborigen.
Para ella la conquista de los españoles, especialmente la del pueblo de los xamundíes, fue un suceso inaudito, “Fue algo bestial. La conquista fue violenta, les arrancaron su cultura, sus creencias y les impusieron una religión”.
En ese sentido María expresa que hablar de fundación es desconocer a los indígenas: “No estoy de acuerdo con la fundación de 1536, pues a la llegada de Juan de Ampudia y Miguel Muñoz, Xamundí tenía una comunidad organizada con sus leyes y principios de trabajo, lealtad y guía espiritual de adoración”.
Sobre Xamundí comenta que él compitió en maratón contra el cacique Yumbo por el amor de la princesa Lili y ganó, por lo que éste último fue decapitado en franca lid.

NO OLVIDE. Este recorrido se puede realizar con el acompañamiento de la alcaldía de jamundí, acudiendo a la secretaría de turismo. Un buen ‘borondo’ histórico.




“Xamundí vio con impotencia cÓmo su pueblo fue diezmado”


5

mil indígenas aproximadamente hacían parte de la aldea de Xamundí.



Imagen de Dar Ávila, periodista captada en La Ferreira
Imagen de Giancarlo Manzano, fotógrafo.








domingo, 19 de mayo de 2013

CHEILAC, ERES MI HEROÍNA



Crónica de una niña que nació sin una pierna y ahora, con cinco años de edad, recibió la primera prótesis que le permitirá caminar hacia un futuro sin limitaciones. ¡Qué Ejemplo!


Por Darwin Ávila, reportero
Muchos de nosotros nos quejamos con regularidad por problemas ínfimos, pero no nos detenemos a pensar que hay dificultades más difíciles de afrontar, como por ejemplo el hecho de nacer con una sola pierna. Esta semana tuve la oportunidad de conocer a Cheilac Azules Marín, una niña nacida en Santander de Quilichao, de tez trigueña, rostro angelical y ojos pequeños, a quien la vida la premió con el coraje de sobrevivir solamente con la pierna izquierda. Con verla se convirtió en mi heroína.

“Así nació”, me dijo su padre, Ricardo Azules, un minero de la vereda La Ferreira, zona rural de Jamundí, refiriéndose a la limitación de su hija, que alcanzó 5 años de vida.

Cheilac, que no tiene programa de televisión favorito, porque sencillamente en su ‘rancho’ no hay televisor, en vez de aprender a gatear inició su locomoción arrastrándose como un reptil por los alrededores de la finca donde creció, para después volverse prácticamente un habilidoso ‘conejo’, saltando durante dos años en su delicada, pero fuerte piernita.

Un hecho que parece inverosimil, pero que para alguien sin un pie, es una realidad. Después de un mes de recibir la primera prótesis, que le permitió caminar en ‘dos piernas’, la vi feliz, caminó como si nada, a pesar de que el ‘aparato’, como lo llama Ricardo, se lo construyeron un poco más grande que su pierna izquierda, para que su crecimiento no lo deje inservible.

Durante la entrevista Cheilac no habló mucho, sin embargo con ligeros gestos me dijo que estaba bien con su nueva prótesis, esa que le regaló la fundación Mahavir Kmina, de Medellín, adonde viajo con su familia durante tres días para volver renovada, más de cuerpo que de su propia alma.

Para esta pequeña guerrera, que cursa kinder en una escuela pública de la zona rural de la ‘Villa de Ampudia’, la preocupación mayor es la estabilidad de su familia, un grupo de campesinos del que ella, prácticamente es el núcleo.

La ‘reina’ de la casa

Ricardo tiene claro que el amor es la principal herramienta para que Cheilac tenga un buen futuro.

“Tiene 4 hermanos, pero el centro de atención es Cheilac. No consiento nada con mi hija, porque, de todas formas, el aprender a caminar es un proceso complejo y hay que acompañarla. Siempre va conmigo a todos lados”, dijo Ricardo.

El orgulloso padre me contó como dato anexo, que a diferencia de otros niños de su misma edad, ella desarrolló capacidades de aprendizaje impresionantes y según cuentan todos los que la conocen, camina más rápido que algunos niños con sus dos piernas.

Una actualidad difícil

Ahora enfrenta un nuevo reto, acondicionar su pierna a la prótesis, pues para ir a estudiar tiene que caminar 20 minutos de ida y el mismo tiempo de venida.

Cheilac, me encantó conocerte y gracias por dejarme ver esa sonrisa que se asoma entre tu hermoso pelo liso. Adelante, camina al futuro y te repito: Cheilac, eres mi heroína.

CAMILO: UN GUERRERO DE 87 CM



En Jamundí vive el hombre más pequeño del Valle del Cauca, tiene 18 años y es reconocido como ‘el pulgarcito’ del municipio. Juega fútbol, nada, se entrena y quiere conseguir empleo.


Por Darwin Ávila, reportero
Camilo Andrés Alzate Ramírez es un hombre de 18 años que vive en el cuerpo de un niño de 4. Pero eso no es limitación para que juegue fútbol (como arquero), practique natación y patrulle las calles de Jamundí en una bicicleta cross que le regaló su papá.

Paisa, de 87 cm de altura y fiel seguidor del Nacional, es quizá el hombre más pequeño del Valle y pasa sus días esperando que la vida lo deje ‘crecer’ y ver jugar a su equipo en un estadio, pues sólo lo conoce por televisión.

Consciente de su condición y de ser un hombrecito en sentido literal, tiene claro que quiere ser grande en pensamiento y acción, por eso se entrena en presentaciones artísticas para así trabajar y pagar su estudio.

Nunca ha abandonado a su mamá y a su hermana, con quienes vive en el barrio Popular, así como tampoco sus gafas Ray Ban oscuras, que lo acompañan todos los días en su rutina en ‘bici’.

Para los habitantes de Jamundí Camilo es un ícono de la ciudad y es común que la mayoría de gente lo salude en la calle, “no me avergüenzo de mi situación pues ya entendí que tengo que vivir con esto. Lo mejor de todo es que me reconocen, aunque necesito un apoyo real de parte de la comunidad”, expresa.

Su madre, Luz Ramírez, manifiesta con alegría que toda la vida lo han querido y que lo respetan como un hombre mayor de edad.

Y aunque todos los días piensa en su educación, la falta de empleo es un factor que lo aleja de su objetivo.

Por ahora Camilo, con la frente en alto, vive en una casa arrendada y dice que lo que más quiere es encontrar una vivienda digna, además que le colaboren con un tratamiento de ortopedia, pues tiene un problema que lo aqueja desde hace algún tiempo.

LA TIERRA MÍTICA DE LOS PANCES




Para descubrir un paraíso natural como Pance, con sus lugares ocultos, sólo se necesita abordar un vehículo y ascender en búsqueda de la paz que brinda la naturaleza. Crónica.


Por Darwin Ávila, reportero
Cualquier cristiano creería que Pance, el destino turístico tradicional de los caleños, es sólo río. Sin embargo, basta desviar la mirada hacia otros paisajes para descubrir esa tierra que en otrora era custodiada por los indígenas Pances y los Jamundíes. Aunque acepto que he sido un fanático de Pance desde mi niñez, también soy consciente de que desconocía algunos atractivos de aventura, los cuales describiré en estas líneas.

La expedición para redescubrir los lugares poco conocidos y los parajes exóticos de Pance debe iniciar en la segunda entrada del Parque de la Salud. Hasta allí me desplacé con la ambición de saber qué más hay detrás del popular afluente. Todo sucedió el día martes 1 de mayo del año en curso.

Parque de la Salud: 10:00 a.m.

Llegamos buscando a Alirio Silva López, de 55 años de edad, un intérprete ambiental del corregimiento y amante natural del río, que sería nuestro guía. Junto a él estaba Barlahán Villa, un representante de la JAL del corregimiento de Pance.

Él nos mostró esa cuna de naturaleza, rodeada de senderos y gimnasios al aire libre donde suceden cosas realmente curiosas, es más, en el momento de la visita se llevaba a cabo un bautizo colectivo, según dijeron los nativos, lo que captó mi atención y la de los demás.

Pero la motivación para recorrer esa zona era llegar a la Granja Integral, que está empotrada en la montaña a menos a 12 minutos de camino a pie y donde se preserva un tesoro ecológico y medicinal: cultivos de lombrices, ganado y la planta sagrada de la ayahuasca o yagé. Quizá lo más parecido a un parque temático y que los caleños deben conocer.

El clima estaba a nuestro favor, pues el sol nos abrasaba con vehemencia . Temprano en la mañana el cielo había estado inquieto, pero el recorrido tenía que continuar, así que seguimos caminando hacia la Casa de la Cultura Ambiental. En ese lugar nos encontramos con Claudia Tabares, la encargada de mostrar a los turistas reliquias indígenas reunidas en un museo en el que se destaca la figura del cacique Petecuy, una obra de arte del maestro caleño Arturo Peñaranda que en los próximos meses estará exhibida en ese parque.

vía a pueblo de Pance: 11:30 a.m.

Abordamos un vehículo para seguir en la aventura. El paso por La Vorágine nos sirvió para darnos cuenta de la seguridad que se percibe en la zona, que cuenta con 10.508 hectáreas.

Ahí está ubicada la subestación de Policía la cual tiene el deber de velar por la tranquilidad de 2.380 habitantes que residen en las 13 veredas que componen esa reserva natural.

Por ser un día festivo algunas personas se divertían en las aguas del río Pance, mientras otros visitantes le pegaban a ‘los alivios’ donde doña María Dilia Henao, de 82 años, fundadora de la vereda La Vorágine y quien hizo el primer sancocho de gallina a los mineros que trabajaban extrayendo carbón en el año de 1955.

La carretera en ese sector se encuentra en buen estado. A diez minutos de ahí, encontramos un ecoparque denominado Los Lagos, el administrador del lugar, Alejandro Henao, nos explicó la oferta turística que tiene el corregimiento, por ejemplo la pesca, el alojamiento y las caminatas ecológicas, que se pueden disfrutar al unísono con la naturaleza exótica que es única en el país.

Pero lo que me tenía inquieto era descubrir una maravilla natural desconocida por muchos. Nuestro guía nos dijo que faltaba poco para llegar, así que decidimos avanzar.

Primero en carro y luego a pie arribamos a la mítica Chorrera del Indio, reconocida por el Sendero del Duende todo por las historias de colonizadores que profesaban apariciones de pequeños personajes. Pero lo que realmente valió la pena fue divisar la cascada de El Encanto, una caída de aguas cristalinas escondida en la espesura del bosque que con su rocío sentimos la caricia de la naturaleza misma.

De ahí para adelante todo fue ganancia. salimos con rapidez de ese lugar, pues nos esperaba un pequeño recorrido que nos llevaría a la cabecera municipal. No sin antes departir con un grupo de viajeros que expresaron la delicia de conocer esos parajes. Ellos venían de El Poblado II.

Cabecera municipal: 3:00 p.m.

El último envión fue todo un placer. El río era un obstáculo visual agradable y por el ascenso un viento gélido pegaba en el parabrisas. Fue la oportunidad para conocer el charco de ‘la nevera’ en El Topacio, de ver el cerro ‘El calvo’ y llegar por fin al pueblo de Pance donde doña Valbina, reconocida por ofrecer los mejores platos típicos vallecaucanos y por ser la abuela de Didier Castañeda, ganador del reality El Desafío de Caracol Televisión en el año 2009.

Ya en el pueblo, a 2380 metros sobre el nivel del mar, se respiraba paz y tranquilidad, De ahí se desprenden los senderos para visitar los Farallones de Cali y vivir experiencias más extremas. Por nuestra parte sólo llegamos al puente Rosalba Molina sobre el río Pance, allí algunos bañistas disfrutaban de las frías aguas.

Era el fin de una aventura en la que redescubrí mi pasión por el ‘verde’, algo que no se pueden perder los caleños ávidos de un reencuentro con la naturaleza, que se quieran dar un champú de flora y fauna a sólo 50 minutos de las calles de Santiago de Cali.









“LA IDEA ES QUE LOS CALEÑOS NOS VISITEN”

dijo Alirio Silva, intérprete ambiental. Él recordó que la seguridad está garantizada por la Policía y el Ejército. Por otra parte recordó que al corregimiento de Pance se puede acceder todos los días en servicio público.



2


mil ochocientos diecisiete metros de altura tiene el cerro Pico de Loro.



Cortupance vela por el buen turismo en pance


Cortupance es una organización sin ánimo de lucro conformada por vecinos, propietarios; administradores y empleados de establecimientos turísticos en la cuenca del río Pance que se reunen periódicamente para adelantar iniciativas de coordinación institucional, motivados por un fuerte compromiso comunitario en relación directa con la actividad turística de la región. Todo en concurso con el respeto por el medio ambiente y el mejoramiento del nivel de vida de sus habitantes. Invitan a todos a Pance.

El cerro de pico de loro


Según Alirio Silva, guía del corregimiento de Pance, en tiempos pasados este cerro era llamado Pico del Oro, pues allí se realizaban rituales indígenas de las comunidades Jamundíes y Pances y por la gran cantidad de oro que se encontraba allí en esa época. Ahora es un destino turístico a 2817 m. Otros cerros para visitar son: ‘El calvo’, Pico de Agúila, ‘Pico de Pance’ y El Cajambre.